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Hispanic Link News Service
La confrontación entre Elvira Arellano y agentes de inmigración federales de los EE.UU. ha terminado.
La señora en la iglesia salió a hurtadillas, llegó hasta Los Ángeles, fue prendida por los federales y por fin está de vuelta en México.
La mayoría no sabía pronunciar correctamente su nombre ni sabía que entró inadvertida no una, sino dos veces a este país después de que agentes de la frontera le dijeran claramente que no debía regresar. Tras ser recibida con los brazos abiertos por quien sea que contrata al personal de limpieza del aeropuerto internacional O’Hare, la capturaron en una redada pos-9/11 y, ya identificada como criminal de delito mayor, la ordenaron a salir del país en el 2004.
Se negó a irse, diciendo que era injusto que el gobierno la separara de su hijo Saúl, quien necesitaba estar aquí para recibir tratamiento, dijo, para “un trastorno severo de déficit de atención y severa ansiedad por la separación”.
Saúl, quien el 4 de julio del 2006, después de pasar un largo día repartiendo volantes en apoyo al inmigrante en el sol caluroso, lloró abiertamente, preguntándole a su mami por qué no había jugado en el sistema de asperción y visto los fuegos artificiales como otros niños.
Saúl, a quien a pesar de sus supuestos trastornos médicos, se le ponía frente a toda cámara de televisión y micrófono que apareciera en la puerta de la iglesia, y después puesto en avión a volar por toda América del Norte con el tratante del día para rogar por el caso de su mamá.
Saúl, de quien se dijo que en aquellas primeras semanas de santuario haber estado en comunicación con su padre sin nombrar – quien no quería verse embarrado por la prensa – y que me diría meses más tarde, fríamente, “Yo no tengo padre”.
Saúl, a quien observé pasar un año largo y miserable oculto en un apartamento pequeñísimo viendo televisión en español a la vez que intentaba evitar el desfile de personas que pasaba a visitarlo. Saúl, quien no tenía ni mamá ni papá que lo llevara a la escuela cada día.
Saúl, quien de nuevo tuvo que ver que detuvieran a su madre porque se negaba a irse por voluntad propia.
Y entonces está Elvira, a quien después de ser declarada culpable de haberle robado la identidad a alguien, le permitieron obviar pasar tiempo en la cárcel a cambio de su salida del país. Procedió con burlarse de las leyes del país en el que tan desesperadamente quiere que su hijo se críe.
Su complejo de prepotente disgustó a la gente que tal vez tuviera un módico de simpatía por las dificultades de los inmigrantes ilegales. ¿Valor agregado? Atizó el odio de parte de los que ya los querían ver a todos acorralados y enviados fuera del país. Mientras tanto, les hizo la vida más difícil a los inmigrantes y a los hispanos nacidos en los EE.UU. quienes seguirán pasando por la ira de un país hastiado porque percibe que hay una serie de leyes para “nosotros” y una serie menos estricta para los 12 millones de “ellos” que laboran aquí por casi ninguna remuneración gracias a la cordial invitación de las empresas y los que buscan rebajas por todas partes.
Aunque aprendió sólo un inglés rudimentario mientras permaneció en el santuario – lo suficiente como para dar un discurso de una redacción brillante que apostaría mi vida no compuso ella – su mensaje no podía ser más claro. Tal vez no con las palabras que pronunciara, pero sí con sus acciones Arellano dijo, efectivamente, “Captúrenme si se atreven”. Ahora que la agencia de inmigración federal le desenmascaró puedo ser clara yo también:
Adiós y hasta nunca.
Elvira no era “el rostro” de los 12 millones de inmigrantes ilegales que alega representar – ellos han estado afuera y trabajando todos los días, sin el albergue del miedo a un desastre publicitario que caería sobre la agencia federal de inmigración si hicieran a la iglesia una redada.
Aquellos 12 millones no están por allí haciendo alarde de su ilegalidad frente a nadie, ni recibiendo alimento, albergue y cuidado para sus hijos gratuitamente, además de las donaciones de dinero en efectivo entregadas en su puerta a diario mientras pasan su tiempo dando entrevistas por radio y poniendo canciones de protesta en sus páginas MySpace.
Se acabó el juego, Elvira.
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