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Mientras atravieso los pasillos de mi escuela de enseñanza secundaria principalmente hispana, me encuentro inundada por un mar de caras redondas y rebosantes de salud. Miro a mis estudiantes --en el apogeo de su juventud-- con sus redondos panzones, sus gordas papadas y sus grandes traseros atascados en unos jeans de diseño, e inmensas agarraderas que salen por todas partes.

Se sientan como todos los adolescentes del país con sus “jugos de fruta” (hechos de jugo concentrado) en botellas que, para sorpresa de la mayoría, contienen entre 2,5 y 3 porciones, tragándose una bolsa de Hot Cheetos o una barra Snickers de tamaño gigante.

Este tentempié de mediodía de 830 calorías representa un tercio de la cantidad de calorías que se necesitan al día y consigue que, en poco tiempo, sus organismos no logren digerir bien la comida para el resto de sus vidas.

Esta población es la de crecimiento más rápido del país en número y en contorno; estadísticas de los Centros de Control y Prevención de Enfermedades (CDC por sus siglas en inglés) muestran que un 16% de los hispanos nacidos fuera del país que llevan menos de 5 años en EE.UU. son obesos, comparados con 22% de los que llevan aquí más de 5 años.

El número de enfermedades diabéticas, de hipertensión y cardiovasculares muestran la misma tendencia: los inmigrantes que viven aquí están mucho más gordos y enfermos a los cinco años de su llegada.

Aún más chocante es el hecho de que los niños latinos tengan el porcentaje más alto de sobrepeso y obesidad entre todas las categorías de raza y edad. Los casos de diabetes del tipo 2 e hipertensión en niños de hasta seis años están aumentando rápidamente junto con la variedad de fabricantes que se apresuran a diseñar y distribuir asientos grandes de bebés para un público hambriento.

La situación socioeconómica de la mayoría de los inmigrantes les es desfavorable, pues mientras que los hombres tienen trabajos que requieren un gran esfuerzo físico, las mujeres encuentran a menudo trabajos mal remunerados en cadenas de comida rápida donde pueden comer gratis o con descuentos. Los supermercados de los barrios pobres no ofrecen una amplia selección de frutas y verduras frescas y a los que viven en las afueras de la ciudad cerca de hipermercados, la comida sana, fresca y orgánica les resulta prohibitiva.

Cuando las familias pobres se dirigen a las tiendas de alimentación locales, encuentran los estantes de comidas de primera necesidad atestados de alimentos procesados y con un alto contenido en grasa, azúcar y sodio, como los macarrones con queso, la repostería para tostadoras, los cereales azucarados y las galletas saladas.

El gobierno federal se está esforzando cada vez más por pedirles a las industrias alimenticias, de publicidad y de ocio que limiten el mercadeo de la comida basura dirigido a los niños, y los fabricantes de refrescos han acordado limitar la venta de sodas en las escuelas estadounidenses.

Aun así, las iniciativas son pocas comparadas con la mala información de las personas encargadas de preparar la comida en las casas, unido al poder de la abuelita que, con buenas intenciones, insiste con otra taza de atole, o de la tía insistiendo en que una empanada más no le hará daño a nadie.

¿Es un caso perdido?

¡Claro que no!

Evidentemente, como comunidad hispana, podemos unirnos para enfrentarnos a los principales problemas que nos afectan, ¿y qué tema podría ser más importante que nuestra salud y nuestra longevidad, así como la de nuestros niños?

Lo que necesitamos es una fuerte campaña de educación nutricional dirigida a las mamás que se encargan de la mayor parte de las compras y de la cocina en casa, proceso que sería lento pero que beneficiaría a las futuras generaciones.

Hay muchos pasos básicos que, a corto plazo, nos pueden conducir a una vida más saludable: guarde la comida tentadora para ocasiones especiales, y para sus comidas diarias, satisfaga su estómago con queso descremado, chips al horno y yogurt blanco desnatado en lugar de nata ácida; use carne picada de pavo en vez de ternera; la carne picada de pavo, la pechuga de pollo, la verdura y la fruta congeladas constituyen una alternativa económica y práctica para los platos diarios.

La mayoría de los alimentos tienen suficiente jugo natural que facilita la cocción sin necesidad de tener que añadir aceite extra (o reduzca la cantidad que usa a la mitad); deshágase de la manteca y preste atención a la cantidad de sal que añade a sus comidas.

Cambie a la leche descremada para seguir tomando la cantidad de calcio que su cuerpo necesita y acompáñela con una porción de sus galletas preferidas en vez de comerlas directamente de la bolsa.

Beba sodas light y dé un paseo diario de 20 minutos después de cenar.

Pequeños detalles como estos pueden cambiar su vida.

Cuando se trata de comer bien y de seguir sanos, creo que nuestro nuevo lema debería ser: “¡Sí se puede!”

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