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Hispanic Link News Service
(Primera de dos partes)
Más que ser sólo "la indocumentada de la iglesia", como algunos la llaman, Elvira Arellano tiene un nombre y una historia. Pero, así como la ley de inmigración de EE.UU., su historia no es blanco y negro; es compleja, con tonalidades de gris.
La madre soltera de 31 años debió haberse presentado un martes por la mañana, a mediados de agosto, al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), en Chicago, para ser deportada.
En vez de presentarse, Arellano, cogió a su hijo Saúl de siete años, nacido en los Estados Unidos, y con sólo la ropa que tenía puesta, se fue al oeste de la ciudad, a la iglesia San Adalberto, de la que había hecho su hogar espiritual desde que llegó a Chicago hace seis años. Allí, reclamándola como santuario, pidió refugio.
Su odisea comenzó en agosto de 1997. Renunció a su trabajo de $30 a la semana en un mercado en el centro de México y se fue a buscar un trabajo que le permitiera proveerles cuidado médico adecuado a sus padres enfermos. Viajó hacia el norte, compró documentos falsos de identificación e intentó cruzar la frontera de los Estados Unidos. Fue detenida y devuelta a México.
Tres días después, Arellano cruzó el puerto de entrada en la frontera entre los pueblos de Mexicali y Calexico. Llegó al estado de Washington, consiguió trabajo como niñera y, durante tres años, les envió dinero a sus padres. Allí conoció al padre de su hijo y dio a luz a Saúl. Cuando se acabó esta relación en el año 2000, Arellano se mudó a Chicago.
Estaba trabajando tranquilamente como conserje en el Aeropuerto Internacional de O'Hare, cuando los ataques terroristas del 9/11 desencadenaron los eventos que la pusieron nuevamente en contacto con la Migra.
"En diciembre de 2002, ocho policías federales llegaron a mi apartamento. Me preguntaron si tenía armas... si conocía terroristas", cuenta Arellano. Ya habla inglés, pero se siente más cómoda hablando en su lengua materna. "Me dijeron que tenía que irme con ellos porque ya me habían arrestado y deportado una vez antes. Me pusieron con las esposas frente a Saúl y me llevaron arrastrándome".
Durante cuatro años, con ayuda de los senadores Dick Durbin y Barak Obama, y el congresista Luis Gutiérrez, Arrellano logró obtener la suspensión de tres órdenes de deportación. Esto le dio tiempo para continuar su trabajo, pagar impuestos, ayudar a sus padres, y cubrir los costos médicos del déficit de atención y de la hiperactividad de Saúl.
Su mayor deseo era que el tiempo ganado permitiera que cambiaran las leyes federales que exigen su deportación. En marzo de 2003 fue hallada culpable de utilizar un número de seguro social falso, lo que evita, a menos que cambie la ley, que pueda adquirir la ciudadanía.
Hoy, desde su pequeña habitación en un segundo piso, Arellano dice que no pierde la esperanza. Se ha convertido en una activista, no sólo para el futuro de su propia familia, sino para los 11 a 12 millones de indocumentados que han comenzado a salir de la oscuridad.
"Yo sólo soy una mujer, pero estoy levantándome para decir que estas leyes son injustas y tienen que cambiar. No podemos seguir rompiendo así las familias".
Para Arellano, ésta es una espera peligrosa. Los agentes de la ICE han dicho en repetidas ocasiones que definitivamente la van a detener y a deportar "en el momento adecuado".
(Esther J. Cepeda es una periodista de Chicago. Comuníquese con ella en chihuahua33@hotmail.com).
(Próximo artículo: El hijo de siete años de Arellano se convierte en un activista por los derechos de los inmigrantes.)
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