|
Lo que el agua se llevó
Las inundaciones han sido a lo largo de la historia catástrofes que, de alguna forma, generalmente en forma de tragedia, nos recuerdan cuál es nuestra real magnitud ante la portentosa fuerza de la naturaleza. No hay nación que en los últimos meses, pese a su poderío bélico o comercial, incluyendo China y Estados Unidos, no haya tenido que aceptar su impotencia ante ciertos efectos meteorológicos que han arrasado pueblos, trastornado la vida cotidina y cegado vidas.
Cierto. No se puede concebir a la actividad humana en un limbo, donde lejos de perturbaciones la vida transcurra plácidamente.
Pero las catástrofes nos dan también lecciones, generalmente invaluables, que van acompañadas de revelaciones, en ocasiones frustrantes, de lo que nuestra imprevisión o negligencia, en el mejor de los casos puede provocar.
Los fenómenos meteorológicos quizá sean inevitables, la ciencia podrá un día decir lo contrario. Pero la prevención de los mismos siempre será posible.
Hay un tipo de previsión, la que se lleva a cabo ante la posibilidad real a muy corto plazo de que un fenómeno de la naturaleza se constituya en una amenza a la integridad física y al patrimonio personal o colectivo.
A diferencia de los terremotos, cuya detonación es prácticamente imposible de anticipar, con ciclones e inundaciones se pueden adoptar medidas que mínimamente permitan salvar la vida, aunque en la mayoría de los casos, también es posible salvaguardar bienes materiales.
Pero todo eso es a corto plazo ante la inminencia de los embates enfurecidos de la naturaleza.
Hay otro tipo de previsión. La que se debe de dar al momento de planificar, presupuestar y construir obras que, de lucimiento temporal terminan siendo repentinamente escombros, recursos económicos perdidos y, desafortunadamente, tumba de deheredados y de modestos patrimonios familiares.
Ejemplo abundan en estos días de estragos posteriores a los embates del huracán Alex, cuyos vientos jamás presagiaron el cúmulo de agua que arrojaría el meteoro.
La construcción de parques e instalaciones comerciales en el río Santa Catarina de Monterrey; las ampliaciones del "Aduana Modelo" de Reynosa sobre el cauce del río Bravo; la construcción de la autopista Reynosa- Matamoros sobre un lecho de desfogue del Bravo; indebidos asentamientos humanos a un lado de canales, arroyos y rios en las zonas urbanas, en Tamaulipas, Nuevo León y Coahuila, y en Texas, una serie de negocios sobre las márgenes del Bravo que siempre estuvieron expuestos a ser destruidos por la creciente del caudal pluvial, por referirnos a los desastres más conocidos, tienen como antecedente la negligencia, corrupción, incompetencia o temeridad, en la mayor parte de estos casos, de autoridades o particulares que dejaron de cumplir con ordenamientos y normatividades en materia hidrológica o de urbanismo.
Si a lo anterior se agrega una serie de errores en la previsión inmediata posterior, durante y después de la emergencia, el precio de los errores, por llamarlo de alguna manera, tiene que ser elevado.
El agua llegó y se llevó mentiras, simulaciones y obras mal planificadas.
Lo terrible, es que no es la primera vez que ocurre y, mientras se registran pérdidas incalculables por obras que nunca debieron de ser erigidas, seguramente hay constructores enriquecidos en detrimento de los erarios públicos y, lo peor, a la hora de la reconstrucción esos mismos pueden ser los que de nuevo obtengan las concesiones para ajecutar las nuevas obras. Todo puede suceder.
|