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Las carnicerías, panaderías y taquerías mexicanas podrían parecer fuera de lugar en el centro de la elegante ciudad San Juan Capistrano, a pasos de modernas boutiques y restaurantes. Después de todo, una casa promedio en esta comunidad costera del condado de Orange en California, conocida mayormente por las visitas anuales que realizan las golondrinas a su misión católica, de 228 años, se vende en $700,000. Recientemente, se vendió una mansión en $22 millones.
Sin embargo, estos elementos básicos de la cultura y del comercio mexicano – el mercado de venta de carne, la pastelería y el deli mexicano – bullen con inmigrantes abasteciéndose de tacos al pastor, horchata y empanadas. Es como si un pedacito del barrio se hubiese trasladado a este enclave de ricos y privilegiados.
En realidad no sucede nada extraño. Entre la imponente ladera y las casas frente al mar se levantan bloques de apartamientos, donde viven los mexicanos que trabajan en las industrias de reparación, jardinería y servicios residenciales.
En San Juan, los empresarios mexicanos tienen un mercado hecho. Pero probablemente nunca anticiparon lo que he presenciado desde que comencé a trabajar en la ciudad hace unos meses. Se puede encontrar a los lugareños no hispanos, en ocasiones con un café de Starbucks en la mano, explorando cuidadosamente las tienditas repletas de productos y artículos hechos en México. Contemplan las pilas de nopalitos y verdolagas y las hileras de refrescos marca Jarritos con el asombro de un turista en un bazar exótico.
Y entonces compran y prueban, y descubren que lo que saborean es muy diferente de Taco Bell o de los platillos mexicanos preparados a la manera gringa que han comido durante décadas. Es un inconfundible paso hacia la aculturación, un avance bastante revolucionario si consideramos que hasta el presente los mexicanos hemos sido los receptores de casi toda esta aculturación. Soy testigo de algunos de estos procesos en mi oficina, en donde colegas no hispanos han sostenido prolongadas discusiones sobre los méritos de los chilaquiles en oposición a los huevos a la mexicana para comenzar el día, o hablan con entusiasmo sobre el pozole.
Los europeos americanos – también conocidos como la gente blanca – de este poblado y próspero estado están cambiando la xenofobia por la aceptación, y hasta por la acogida a los hispanos y a otros grupos. Desde luego, el desarrollo del gusto por la auténtica comida mexicana no se traduce en una aculturación completa. Sin embargo, le abre las puertas.
Me mudé de mi natal California del Sur en 1983 y regresé hace poco más de un año. Al regresar encontré que el estado que había dejado racialmente polarizado y fuertemente segregado había cambiado considerablemente. Evidentemente, el racismo no se ha erradicado y usted no encontrará una tortillería en Beverly Hills o en Malibu – todavía.
Pero se ha dado algo parecido a una integración total, de manera similar a lo sucedido en San Juan. Al integrar los latinos cerca del 40 por ciento de la población de California, los reductos de los blancos están desapareciendo. Los europeos americanos ya no son mayoría, sino sólo otra minoría. Podrán controlar la mayor parte de las cosas, pero en la vida diaria de California, la exclusividad del blanco prácticamente ha dejado de existir.
La demografía y los límites geográficos han hecho posible esta situación. De un total oficial de 13.5 millones, cerca de 5.4 millones de hispanos viven en los condados de Los Angeles y de Orange, pero la tierra es limitada. Por lo tanto, estamos en todas partes; ya no estamos apiñados en el este de Los Angeles y en algunos barrios dispersos.
En la década de 1980, cuando la marea demográfica comenzó a cambiar, a muchos integrantes de la mayoría blanca les dio pánico. Algunos atacaron todo lo mexicano, otros empacaron y se fueron y convirtieron a California en uno de los pocos estados en experimentar la huida de los blancos.
En la actualidad, encuentro un equilibrio racial general y una armonía sorprendente. Algunos incidentes, como el reciente tiroteo fatal de un niño afroamericano de 13 años, acaparan la atención de los medios noticiosos. Pero día a día, los californianos de todos los grupos étnicos concebibles no sólo coexisten, sino que han aprendido a apreciar el valor de las otras culturas.
De regreso a San Juan, un paseo por Los Ríos, establecido hace 205 años y poblado continuamente, pone todo en una clara perspectiva histórica. El grupo variado de casas de adobe y madera me recuerda que hasta hace 150 años, el bucólico trecho de costa estuvo poblado, casi en su totalidad, por personas de otros grupos étnicos. Algunos poseían ranchos. Otros trabajaban en la misión, construida en 1776.
Cuando arribaron las hordas de blancos, motivados por la fiebre del oro y por la posesión de tierras, los mexicanos y los indígenas americanos Acjachmen tuvieron que enfrentar gentes y culturas extranjeras. Los recién llegados mataron a la mayoría de los indígenas americanos y robaron tierras mexicanas supuestamente salvaguardadas por el Tratado de Guadalupe Hidalgo. En esa época nos sometieron al dominio racista.
Sin embargo, perseveramos, proliferamos y prosperamos. En la actualidad, con su ejemplo, los californianos de todos los colores están mostrándole al resto del país que la integración no sólo funciona, sino que contribuye a crear un lugar mucho mejor para vivir.
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