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El Mes de la Herencia Hispana, del 15 de sept. al 15 de oct.





“Living on the hyphen” – viviendo la vida sobre el guión – el término que primero sacó Gustavo Pérez en su libro sobre la vida como un cubano-americano, capta bien las alegrías y los desafíos de ser algo más que sencillamente americano.

El mito, por supuesto, es que todos los que nacimos aquí o que nos hicimos ciudadanos somos simple y llanamente americanos.

En realidad, a los que no somos de ascendencia del norte de Europa nos ponen el guión además de nuestra identidad americana. Nos identifica como otros – no exactamente americanos.

El guión es el designio que indica que nuestras raíces son del tercer mundo o del sur de Europa. Los canadienses y los australianos, sin embargo, no caen dentro de la categoría del guión. No recuerdo que a nadie se le haya dicho canadiense-americano o australiano-americano.

Para algunos, el que nos chanten el guión les parece discriminación. Pero yo disfruto muchísimo de ser un mexicano-americano binlingüe y bicultural, tanto así que hace como un año concluí que a los americanos con raíces en el Reino Unido, Alemania o Escandinavia los han estafado.

¿Dónde estaba su guión, su designio ancestral? La voz oficial tiempos ha ya les había tildado erróneamente anglo – palabra que obvia a millones de blancos de ascendencia germana o irlandesa, por ejemplo. Pero todos sabemos que hay millones de latinoamericanos blancos, y que el blanco es un color, no una nacionalidad.

Así comenzó mi campaña solitaria para dar a mis compatriotas de ascendencia europea la riqueza de su herencia. Empecé a referirme a los llamados americanos blancos como europeo-americanos.

La reacción de los europeo-americanos corrió la gama desde la hostilidad hasta la confusión y la negación abierta. Cuando solapadamente dejaba caer el término en mis conversaciones con compatriotas pálidos, la respuesta típicamente iba algo así: “¿Qué cuernos es eso de europeo-americano?”

Una descripción antropológicamente correcta de etnicidad, contestaba.

“Soy nada más que un americano normal”, volaba, frecuentemente con ira, la réplica.

De allí, yo le preguntaba por sus ancestros.

Ingleses, escoceses o alguna respuesta similar me daban.

“Entonces, no eres nada diferente de los africano-americanos, quienes también trazan sus ancestros al otro lado del Atlántico”. Es cierto que a los africanos los atrapaban y los esclavizaban, pero el modelo migratorio era idéntico.

Más que nada, mis interlocutores europeo-americanos balbuceaban que su familia tenía aquí tres o cuatro generaciones, con lo cual eran americanos, punto.

Yo seguía, notando que sólo los indígenas norteamericanos podían reclamar con certitud tal cosa.

“Bueno, mi bisabuela era cherokee”.

Esta aserveración siempre me hace reír. Tantos europeo-americanos reclaman ascendencia cherokee – una tribu conocida por su tez pálida – que han debido haber unos 20 millones en la tribu.

Así les concediéramos una bisabuelita cherokee, les queda una preponderancia de sangre europea. Con tristeza intuí que estos americanos resentían ser categorizados entre las hordas oscuras de lugares como Bolivia o la India.

Con el espíritu de ser inclusivos, continuaré defendiendo la causa de los europeo-americanos. Vivimos en una sociedad multicultural en la que todos, desde los armenios hasta los zimbabuense, cargan siempre un poquito de la vieja patria. Es hora que nuestros compatriotas europeos adopten el guión y hagan reclamo de su herencia perdida

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