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El 12 de agosto de 2004, se sintió como un día sofocante normal en la Habana – con una excepción. Un huracán categoría dos con vientos de 110 mph iba camino a la capital cubana. Se predijo que recorrería a través de la isla y hacia la Habana en aproximadamente 10 horas.
Los habaneros estarían llenos de pánico, y yo me dispuse a confirmarlo.
Sin embargo, al vagar por el pueblo lo encontré todo casi normal. Las personas continuaron con sus rutinas, se detenían en ocasiones para hablar de la tormenta, pero sin ninguna preocupación particular hacia el inminente azote que recibirían sus casas.
Esta normalidad tan inusual contrastaba con la escena a unas 90 millas al norte. Allí, la tormenta instó a los nerviosos floridenses en una histeria de compras. Los reportajes en la televisión proyectaban a la región como a punto de sufrir una calamidad de dimensiones inimaginables.
Los cubanos, adentrados en su segunda década de crisis económica extenuante, tranquilamente compraban lo que estuviese disponible – agua extra, o quizás otro pan de reserva.
De hecho, los reportajes de la televisión se mantenían al tanto del progreso de la tormenta; los presentadores noticieros lacónicamente reportaban que de seguro la tormenta destruiría e inundaría una gran parte del oeste de Cuba. Los funcionarios de la defensa civil advertían que de ninguna manera las personas deberían salir a los vientos ciclónicos ya que serían amenazados por techos y árboles volando y mareas altas que podían ser letales.
Lo que yo llegaría a entender durante los próximos 15 meses es que los cubanos y su gobierno ejercen preparaciones y respuestas para huracanes como una rutina normal.
La ejecución de los Estado Unidos y la de otras naciones regionales ponen las acciones de Cuba en una perspectiva distinta. La falta de preparación abismal y la lentísima reacción de estos otros países a 36 huracanes y tormentas desde junio del año pasado contribuyeron a las muertes de al menos 6,000 personas, con daños que estimaron $112 mil millones.
Esto no significa que no hayan muerto personas en Cuba en las 36 tormentas durante los pasados 17 meses. Pero porque el gobierno impone evacuaciones obligatorias y en masa, se movieron millones de personas fuera del paso letal de los huracanes. El resultado: se cree que menos de 200 cubanos han muerto. Centenas de miles de personas fueron evacuadas para Charley y dos millones antes de la llegada de Iván, la tormenta que le siguió unas semanas después.
Cuando Charley llegó estrepitosa a la Habana un poco antes de media noche, me levanté al escuchar el sonido de un viento siseante y alto, lluvias fuertes y el movimiento de los techos. Salí a la terraza cubierta de la casa de huéspedes donde me quedaba.
Varios turistas italianos me acompañaron. Vimos los árboles batirse con el viento como algas en una ráfaga. Escombros en el aire se precipitaban como si fuesen impulsados por un jet. El aguacero, que ahora sonaba como piedras cayendo sobre acero, caía horizontalmente, mojando a todos debajo del techo.
Charley mató a cuatro personas y destruyó cerca de 70,000 casas y edificios en la isla. El ciclón también destruyó una gran parte de la cosecha de tabaco cubana, una gran fuente del comercio exterior. Este escenario definitivamente significaría una pérdida de millones de dólares muy necesitados. Entre todo, según funcionarios cubanos, la tormenta infligió alrededor de mil millones de dólares en daños por toda la isla.
Cuando amaneció, el huracán ya estaba en el mar. Los habaneros inspeccionaron con leve asombro los techos destruidos, cientos de árboles caídos y las calles inundadas.
Luego, como si por instinto, se dedicaron a amontonar a los lados de la calles toda la cantidad de escombros que se encontraba allí. El hecho de no haber luz ni agua no causó ninguna angustia particular, sólo otra encogida de hombros. Los servicios gubernamentales son tan modestos que los ciudadanos están acostumbrados a hacer todo por ellos mismos.
Como un reportero que ha visitado la Cuba de Castro docenas de veces en las ultimas décadas, acepté la limpieza espontánea como una respuesta esperada, como parte de la cultura moderna de Cuba. Hasta hace poco, la sociedad revolucionaria de Cuba era bastante eficiente en inculcar el valor de la acción colectiva para tales cosas como recogido de sembrados, registro de votación y la educación medica masiva.
¿Tendrá Fidel una lección para nosotros aquí?
Basado en su ferocidad, fácilmente clasificamos el carácter de huracanes en categorías numéricas, uno, dos, tres, cuatro y cinco. El mérito relativo de las respuestas humanas hacia su ataque violento no es tan fácil de categorizar.
(Por varios años, las rondas del reportero Ricardo Chavira para tales publicaciones como la revista Time y el noticiero Dallas Morning News incluyó a América Latina y al Departamento de Estado de los Estados Unidos. Comuníquese con él por correo electrónico a: Ricardo_Parra1@yahoo.com).
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