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Día del padre, 18 de junio



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Durante algunos años, mi bisabuelo Jesús Chavira anticipó su viaje incierto: huérfano nacido en Ciudad Camargo, Chihuahua, Jesús encontró un nuevo hogar con su abuelo Gregorio, un anciano que vivía solo en su rancho y que estaba contento de haber encontrado un nuevo compañero.

Jesús, un preadolescente alto y delgado, también fue bien recibido porque prestaba una labor muy necesitada en una estancia cerca de Satevó, un pueblo de 300 años en el creciente estado del norte de México rodeado por fértiles llanuras y grandes terrenos de ganadería donde los vaqueros aún practicaban su oficio. Mientras se dedicaba a cuidar de su nieto y del rancho, el anciano vio que se le estaba acercando la muerte.

Gregorio estaba seguro de que Jesús no iba a poder conservar el rancho cuando él muriera, pues los crueles usurpadores de tierras podrían incluso matarlo, así que cuando le llegó la hora, Gregorio le dijo a su nieto que debía irse a Texas, donde había suficiente trabajo.

Gregorio murió en un día de 1870 y Jesús, con 14 años y a horcajadas sobre una yegua blanca, se dirigió hacia Fort Davis, Texas, una base de caballería estadounidense. Unos días más tarde, llegó al fuerte militar, pidió trabajo y fue contratado como mozo de cuadra. El ejército estaba en guerra con los apaches y los comanches, y muy pronto, los soldados pusieron a Jesús como explorador al frente de las patrullas militares.

Con el tiempo, mi bisabuelo echó raíces en el inhóspito desierto del oeste de Texas: se casó y en seguida tuvo ocho niños, entre ellos mi abuelo José, y juntos, lucharon por ganarse la vida cultivando cosechas y criando ganado en una tierra dura donde sufrieron un racismo lleno de odio.

Esta historia es digna de atención por ser una especie de aventura, pero también es la típica historia de los apuros que las familias mexicanas pasaban por entonces, y quizás, lo más importante es que nos recuerda que los mexicanos, hoy considerados los recién llegados al norte después de que su pasado haya sido borrado como si nada, siempre han salido adelante en las condiciones más difíciles.

Pero la historia de los Chavira destaca algo más: ellos, al igual que muchos otros que vinieron al norte, trabajaron duro por poco dinero, sirvieron a su nuevo país en tres guerras y no pidieron mucho a cambio; todo lo que esperaban era un cierto grado de respeto y un juego limpio, pero un par de generaciones tuvieron que esperar muchos años para que esa esperanza se convirtiera en realidad.

José, analfabeto porque no había escuelas donde creció, y su esposa María, empezaron recogiendo algodón de un lugar a otro, atravesando Texas y llegando hasta Oklahoma. El trabajo era durísimo y las condiciones de vida inhumanas, así que para escapar de esa vida tan monótona, los Chavira se trasladaron a El Paso, donde esperaban que sus dos hijos recibirían la educación que ellos no pudieron tener.

Mi abuelo tenía que darse prisa en buscar trabajo, tarea difícil en un pueblo fronterizo con alto nivel de desempleo. Era 1928 y los tiempos se hacían cada vez más difíciles con el comienzo de la Gran Depresión.

Como muchos mexicanos sin trabajo hoy en día, José se dirigió a la esquina de una calle donde se contrataba a jornaleros. “Recuerdo mi primer día en esa esquina”, dice José. “Ese gringo con pinta de malo vino en una camioneta, nos echó un vistazo y recogió a unos cuantos, yo incluido. Nos puso a trabajar en una construcción y yo hice lo que pude para demostrarle que era fuerte, porque si parecías débil o lento, el gringo te decía que no volvieras, pero a mí me dijo que podía volver”.

Mi padre David, entre temporadas trabajando en el campo en California, consiguió acabar la secundaria en la escuela Bowie de El Paso y entró directamente en el ejército de los EE.UU. Su viaje empezó unos meses antes del ataque a Pearl Harbor y se extendió hasta la 2ª guerra mundial. “Cuando salí, realmente pensé que como era un graduado de la escuela secundaria, lo cual era raro en aquellos años, y con el tiempo que pasé en el ejército conseguiría buenos trabajos”, recuerda David. “Descubrí que El Paso no había cambiado y que por encima de todo, era mexicano, y los trabajos prácticamente escaseaban”.

Mi padre y mi madre Helena se dirigieron hacia Los Angeles, donde nacimos y fuimos criados mis dos hermanos y yo, y así como mis abuelos trabajaron para darles una educación a sus hijos, mis padres lo hicieron por nosotros. Sus tres hijos se graduaron en la universidad y escogieron gratificantes carreras.

Hoy, unos 136 años después de que un valiente huérfano adolescente se dirigiera hacia Texas, entre sus descendientes figuran directores de empresas, un científico, policías, un profesor de universidad y un periodista novato.

Con el país debatiendo sobre qué hacer con los inmigrantes, la historia de mi familia nos puede enseñar algo: comenzando con mi bisabuelo, todos hemos trabajado con honradez por lo que tenemos y estamos orgullosos de ser estadounidenses y de nuestra herencia mexicana. Así que los xenófobos que deportarían o rechazarían a otro Jesús Chavira, deberían consolarse de que no destruyéramos la base de la sociedad estadounidense, pues de alguna manera, contribuimos a enriquecerla.





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