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Hispanic Link News Service
Lo que se pierde entre la cháchara sobre la salud de Fidel Castro son un par de verdades claves.
La primera es que para todos los efectos, la era de Castro ya se acabó. No volverá a asumir las responsabilidades que cedió “temporalmente” a su hermano. Un funcionario de inteligencia veterano de Washington, D.C., dice que la gravedad de la enfermedad de Fidel – cáncer, lo más probable – y por lo que tiene ya casi 80 años, no podrá más realizar la labor exigente presidencial de manejar una nación en dificultades.
La segunda verdad la entienden muy pocos expertos, mucho menos aceptan, que cualquier gobierno que siga al de Castro, serán los cubanos que viven en Cuba los que decidan lo mejor para ellos mismos. Esto, claro, va en contra de la sabiduría convencional que dice que los cubano-americanos pudientes y poderosos y el gobierno de los EE.UU. serán los que impongan su visión de democracia occidental sobre la isla. También va en contra de la larga historia de los Estados Unidos que asegura que los gobiernos regionales sirvan sobre todo sus intereses.
En una movida poco notada, la administración de Bush ha supervisado el establecimiento de la Comisión de Asistencia a una Cuba Libre, la cual incluye $40 millones por año destinados a fomentar cambios políticos y económicos en Cuba. Aunque los Estados Unidos insiste que no intervendrá militarmente, los planes incluyen esfuerzos por “facultar a los Cubanos a prepararse para el cambio, fomentar apoyo para la transición a un gobierno democráticos legítimo, socavar estrategias de financiación y supervivencia del régimen, y la planificación de apoyo por un gobierno cubano de transición”.
Ah, sí, con una excepción: si fuerzas “democráticas” opositoras al gobierno solicitaran asistencia militar, Washington se la otorgaría.
Este tipo de comentario pone nerviosos y enojados a la mayoría de los cubanos. Esto lo sé por los muchos años de viajes que he realizado a Cuba y mis muchas conversaciones con cubanos de todos los sectores – trabajadores, jubilados, estudiantes, hasta activistas anti-Castro.
Yoli, mi esposa, es típica. Hasta el 16 de mayo, cuando volvimos a reunirnos en Miami, ella vivía en la Habana. No es ninguna revolucionaria – nunca se unió al partido comunista ni la federación de mujeres cubanas – pero Yoli, como muchos cubanos, es bastante patriótica. También tiene una conciencia aguda de anteriores intervenciones de los Estados Unidos en su país, y de esfuerzos estadounidenses por poner a Cuba en la luz de Irak.
“¿Por qué creen los norteamericanos que queremos o necesitamos lo que llaman ayuda?” pregunta. “Cualquier ayuda proveniente de ellos vendría a un costo muy alto, que sería nuestra independencia. Tendríamos que rendirles cuentas a ellos, lo cual no es aceptable”.
Desde que colapsó la Unión Soviética, que apoyó económicamente a la isla, por primera vez en su historia Cuba ha forjado su propio camino económico. Desde la independencia de España hasta comienzos de la década de 1990, Cuba se ha apoyado fuertemente o en los Estados Unidos o en la Unión Soviética. Es más, los expertos concordaron en que la historia de dependencia de Cuba significaría que no sobreviviría la pérdida de la ayuda económica soviética.
No sorprende que los cubanos pasaran por una de las peores crisis económicas de los tiempos modernos, pero sobrevivieron. Como consecuencia. Los cubanos han desarrollado un sentido en extremo poderoso de independencia, nuevamente, una transformación en mayor parte pasada por alto aquí.
“Sabemos que gracias a Fidel, nuestro país tiene muchos problemas. Pero sería deshonesto dejar de notar que les dio a los cubanos cuidados médicos y acceso a la educación, los cuales nunca antes tuvimos”, explica Alonso, un conocido que tuvo un pequeño negocio en Habana hasta que se jubiló recientemente. Cuando Castro asumió el poder, Alonso tenía 24 años. “La gente fuera de Cuba cree que no tenemos ninguna idea cómo construir una Cuba nueva. Sí la tenemos, y no vamos a aceptar que extraños nos vengan a decir qué tipo de gobierno debemos tener”.
La arrogancia de los Estados Unidos podría bien llevar a nuestra nación por un camino de tontos, tratando de imponer una democracia al criterio de Washington. Es el tipo de arrogancia que nos llevó a creer que los iraquíes nos verían siempre como libertadores. Pero en Cuba, como en Irak, las personas corrientes son las que de hecho tendrán la última palabra.
(Ricardo Chavira es editor y corresponsal internacional de muchos años quien dicta cursos de estudios latinoamericanos y periodismo en la Universidad de California, Irvine. Comuníquese con él por correo electrónico a: ricardochavira50@yahoo.com )
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