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En nuestra época de estudiantes, muchos papás fuimos seguramente víctimas de los "borradorazos" y los "reglazos" que nos propinaban los maestros de las escuelas primarias y secundarias.
Aquéllos eran tiempos de pleno autoritarismo docente, no cabe duda.
Afortunadamente estas técnicas disciplinarias y correctivas del pasado quedan ya sólo en el recuerdo fugaz o en la típica anécdota cuando nos reunimos con viejos compañeros de generación.
Hoy en muchos colegios cualquier maestro o "miss" puede ser demandado siquiera por un asomo de agresión verbal contra nuestros hijos. Un celular con video delataría al atrevido agresor o agresora y hasta podría terminar por convertirse en material de exhibición útil para
inmortalizarse en YouTube.
Los maestros están actualmente más vigilados. Pero al mismo tiempo también están hoy más intimidados.
Es decir, los roles han cambiado y los agresores ("bullies, como les dicen algunos) son ahora muchos papás y mamás que frecuentemente
humillan, ridiculizan y lastiman profundamente a muchos profesores. Las razones sobran tanto como las historias que se escuchan: que sus niños regresaron rasguñados, que se castigó al junior de manera injusta, que lo regañó por comerse el pingüino —literalmente— antes
del recreo...
En el peor de los casos las escenas suceden en público, incluso frente a los menores. El desacato frente al maestro o maestra llega muchas veces a traducirse en amenaza abierta, mientras el niño "aprende" del comportamiento del adulto y recibe el mensaje de que demostrar superioridad está bien.
Las quejas pueden ser válidas, pero a veces fallamos en la forma de presentarlas. El tono muchas veces delata otros motivos, como
intención de exhibir influencias o por simple insolencia. En una sociedad de alta velocidad, en donde pocos papás y mamás llegan
a involucrarse en los asuntos escolares por falta de tiempo, es difícil llegar a comprender el reto que implica ser maestro o "miss"
hoy en día.
Los niños de ahora parecen tener una energía inagotable. Muchos se hayan evidentemente sobre-estimulados por la televisión y estresados por problemas familiares, factores que trasladan al salón de clases.
En general el trato a nuestros hijos es ahora más justo y cuidadoso que hace apenas unos años. Resulta natural la desesperación que llegan a mostrar "los profes" y las "misses" pero es de reconocer también el valor y paciencia que tienen para lidiar con nuestros "demonios de Tazmania", sobre todo al regreso del recreo o previo a la salida.
No podemos dejar de ponernos en las zapatos de los docentes sin olvidar que éstos buscan contribuir en la formación no sólo de buenos
estudiantes, sino también de buenos ciudadanos. Siempre las normas y las reglas en las escuelas serán el mejor punto de referencia para establecer límites y hacernos saber a los papás y mamás hasta dónde podemos exigir cuentas a un docente en su cara.
Los centros educativos deben asesorar bien a su personal para darles estrategias de cómo ponerle un alto a los papás abusivos que desafían a la autoridad escolar por canales equivocados. De lo contrario, éste seguirá siendo un comportamiento cada vez más común.
Evitemos que se multipliquen los papás y mamás "bullies", ya que ellos entorpecen la paz y calidad educativa en nuestros centros escolares.
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