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Para ser político en el México contemporáneo se necesita de tres cosas muy sencillas: harta saliva, un buen diccionario y algunos dotes de merolico.
Nuestros políticos son hábiles para el manejo del lenguaje.
Recordemos, por ejemplo, cómo sus promesas de campaña y debate quedan muchas veces en el olvido.
Hay quienes además son tan descarados que se desdicen de sus declaraciones y niegan rotundamente haber dicho algo, aún con prueba de grabadora en mano. Y es que el lenguaje político es manipulador, traicionero, cambiante.
En nuestra semántica nacional, por ejemplo, cuando un político o "primera dama" dice que "no quiere ser candidato (a)" generalmente se
interpreta lo contrario. Traducción a la mexicana: "Ahorita no puedo expresar dicho deseo".
Después de todo, el arte de la política es el arte del lenguaje y de la oratoria. La imagen personal es lo que cuenta, por lo que nuestros gobernantes invierten millones de pesos y dólares para mantener su lengua bien ensalivada y bien preparada para expresar sus ideas con persuasión e impacto emotivo.
La mejor oportunidad para presumir sus dotes en la oratoria son los discursos que se pronuncian en eventos políticos. Igual sus palabras nos pueden adormecer que seducirnos por su puntería. En ellos abundan los "clichés" y los "eufemismos" (que significa decir en "palabras bonitas" las cosas que a lo mejor no suenan bien). Por ejemplo, a los pobres les llaman "los económicamente débiles" o "las clases más necesitadas".
Como diría el indito convocado al mítin de campaña: ¡Qué bonito hablan nuestros políticos! No se les entiende mucho... ¡pero qué bonito hablan!
El profesor español J.L. Martínez Albertos nos advierte del elemento mágico y de la propaganda implícita que se esconde detrás del lenguaje político contemporáneo.
"El lenguaje de los políticos", señala Martínez Albertos, "está dirigido normalmente al encantamiento y sugestión de sus clientes electorales. Es un lenguaje programado para seducir a los ciudadanos". De esta manera el lenguaje político tiene la obvia intención de servir como un vehículo condicionante del pensamiento y de las representaciones mentales de los individuos, así como un instrumento para la dominación de la gente.
Y es que hoy en día los políticos son una especie de vendedores de productos ideológicos y como tal actúan en el escenario.
George Bush, por ejemplo, bautizó como "Acta Patriótica" (Patriotic Act) al conjunto de disposiciones para espiar en la vida de los norteamericanos (y del mundo entero) tras los eventos del 9/11. Y es que es importante ponerle a las cosas un nombre emotivo, cautivador, motivador.
Carlos Salinas le llamó a su estrategia de gobierno popular "Solidaridad". Martha Fox ha bautizado a su proyecto recaudador como "Vamos México". El "branding" político a su máxima expresión.
Comparsas en esta mercadotecnia política son los mismos medios de comunicación, particularmente la prensa escrita.
El periodista es cómplice. Se le acusa muchas de veces de servir como un portavoz -y a veces altavoz- del discurso político, haciendo un mínimo esfuerzo por traducir los conceptos y la verborrea de los discursos.
Esto lo vemos en los textos periodísticos redactados con gran cantidad de muletillas y de vicios, tales como "...Así lo manifestó en conferencia de prensa el Primer Mandatario de la Nación".
Sin duda, la más asombrosa virtud del lenguaje político es su capacidad para pasar por encima de los hechos a los que se refiere y de convertirse, por tanto, en un hecho por sí mismo. Precisamente en este punto debemos estar atentos los ciudadanos.
Debemos evitar que el mareo verbal nos distraiga de los temas más apremiantes y nos lleve a la apatía y al desencanto ciudadano.
No debemos olvidar que éstos son tiempos de cuestionar los actos de nuestros diputados y senadores, de nuestros gobernadores y del Presidente, y de exigir menos palabras y más acción de parte de ellos. Digamos NO a la Demagogia.
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