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Llamadas que no pueden esperar...
La escena quizá la ha vivido usted, estimado lector. Se cita en un café con alguna amistad y, apenas se saludan, comienza a sonar el
celular de su acompañante. O en el peor de los casos... llega su amigo hablando ya por teléfono.
Hay quienes lo tienen conectado al oído —literalmente— con el famoso "manos libres". Y si lo pudieran injertar al cuerpo humano, las filas sobrarían en las clínicas.
Y es que nos hemos convertido en una sociedad esclavizada al celular, al blackberry, al IPhone. Constancia de su crecimiento es la guerra permanente que viven las compañías por acaparar la conversaciones inalámbricas de los usuarios, recurriendo a voraces técnicas de "mercadotecnia de guerrilla" para atraer a nuevos usuarios y conquistar a los extraviados en la competencia.
Para muchos, el celular se ha convertido en una obsesión que se empieza a formar desde edades muy tempranas. En las primarias es común observar niños y niñas sosteniendo charlas e intercambiando mensajes con amigos, lo que ha obligado a muchas escuelas a prohibir este tipo de aparatos.
Nos enteramos de los problemas más íntimos y de los detalles de la vida ajena de los demás mientras hacemos fila en el banco, esperamos un vuelo o leemos una revista en el consultorio del dentista.
El ser humano no puede estar quieto. No se vaya que se acabe la pila de teléfono y perdamos la oportunidad de llamar a alguien, sin motivo alguno, a ver qué inventamos mientras marcamos.
De todas las funciones y servicios del teléfono celular el mensaje de texto ("texting") es el más popular. Es tan discreto que se cuela en
reuniones de trabajo, conferencias o en salas de cine sin provocar miradas de desaprobación.
Los mensajes de texto tienen toda una semántica única, basada en palabras cifradas que denotan expresiones, estados de ánimo,
exhortaciones. Sin duda es la aparición de un nuevo código de comunicación que acorta las palabras y obliga al remitente a formular
frases cortas y concisas.
¿Cuántos no están ya a las seis de la mañana enviando mensajes de "hola, buenos días!’” y reciben a cambio por respuesta una carita
feliz: dos puntos, guión medio y un paréntesis que cierra, así :-)?
Para muchos, el uso de la telefonía celular y los mensajes de texto se ha vuelto extremadamente adictivo. Se justifican éstos diciendo que les ayuda a estar más cerca de los suyos, cerrar negocios, ser más productivos.
Y esto no se argumenta...pero, ¿en donde queda la cortesía para la otra persona cuando de manera continua se le hace a un lado para atender una llamada o checar un mensaje? Quizá entre dos adictos al móvil no pase nada. ¡Hasta se pueden mandar mensajes entre ellos mientras se toman el café!
Las nuevas tecnologías nos han traído muchas bondades y conveniencias.
Sin embargo, su uso excesivo nos ha dejado también la posibilidad de desconectarnos del "aquí y el ahora" y no enfocar la atención al
prójimo en una charla, disfrutar de un partido de soccer de nuestro hijo... o conducir el auto con precaución.
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