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La hora de Sudáfrica
El anfitrión de la Copa del Mundo está haciendo su mejor esfuerzo para demostrar su promisorio poderío. Sudáfrica intenta proyectar una nueva cara al mundo, pero aún marcado por la sombra del legendario apartheid.
"Es el momento de África tras siglos de dolor y de sufrimiento", dijo el Presidente de Sudáfrica, Jacob Zuma, en el acto de presentación del 60 Congreso de la FIFA ahí en ese país.
Tras el fin del apartheid y la llegada de la democracia en 1994, el Mundial de fútbol de 2010 implica un nuevo reto histórico para el
país.
Y es que el 15 de mayo de 2004 el suizo Joseph Blatter, presidente de la FIFA, logró al fin dar forma a un deseo largamente anhelado: llevar por primera vez la Copa Mundial a África.
Tras la noticia, el país tenía que empezar a moverse. Las carreteras, los transportes, la energía, las comunicaciones y la seguridad
tuvieron que desarrollarse más rápido y eficientemente que antes para albergar el evento deportivo más importante del mundo junto a los Juegos Olímpicos.
Sudáfrica espera mucho del Mundial. Hasta 450 mil visitantes extranjeros llegarán durante estos días al país. Pero la ambición por el turismo va más allá, ya que aspira incluso a elevar por encima de 10 millones su media anual de turistas.
Para eso, la imagen que ofrezca durante el torneo es esencial. Pese a su historia de violencia, el pueblo surafricano es hospitalario y
risueño, siempre dispuesto a ayudar. Sin embargo, no son pocos sus problemas.
Cinco millones y medio de sudafricanos tienen sida, una plaga que afecta a casi el 20 por ciento de la población. El crimen arroja altos índices. Y la tasa de desempleo está cerca del 25 por ciento, aunque en las zonas más pobres, como Soweto, puede sobrepasar el 40 por ciento.
Ningún blanco, grupo racial al que apenas afecta la falta de trabajo, vive en el famoso barrio del sur de Johannesburgo, donde se concentró principalmente la lucha de resistencia contra el apartheid. La separación de razas todavía es muy patente en algunos barrios de la ciudad y en otras partes del país.
En las calles de Soweto el balón con el que juegan los niños en la calle siempre es de fútbol. En los barrios altos, al norte de la ciudad, el deporte se practica principalmente con las manos y con una pelota ovalada.
El rugby es junto al cricket el deporte tradicional entre los blancos.
Los Springboks, el equipo nacional de rugby, han sido dos veces campeones del mundo, pero con mayoría de jugadores de raza blanca apenas despertaba simpatía entre los negros, un 80 por ciento del total de la población.
Por eso, cuando Nelson Mandela entregó en Johannesburgo el trofeo de campeón del mundo al capitán surafricano en 1995, apenas un año después de las primeras elecciones democráticas y en el regreso del país a las competiciones deportivas internacionales, la imagen se convirtió en todo un símbolo.
Sudáfrica fue campeona continental de fútbol en 1996 y jugó los Mundiales de 1998 y 2002. Pero aquellos eran otros tiempos. Los
"Bafana Bafana" no pudieron clasificarse siquiera para la Copa de África de este año.
Esta nación dista mucho, como México, de ser un lugar seguro, ya no digamos para el turista que la visita, sino para el mismo ciudadano local.
La prostitución, por ejemplo, es un problema grave. Sudáfrica es considerada internacionalmente como un emporio del “moderno tráfico de esclavos”, una imagen que quiere borrar tras el Mundial. Y el narcomenudeo ronda cada vez más activamente en escuelas, centros de entretenimiento y lugares de trabajo.
A pesar de todo, toda su gente entona el famoso "Waka Waka" con mucho corazón. Con todo y rezagos, resabios y heridas de racismo aún abiertas, el país más austral del continente africano está dispuesto a meter muchos goles en hospitalidad y calidez de anfitrión.
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