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Los consejos de Polibio
El historiador griego Polibio solía decir a sus discípulos: "La monarquía degenera en tiranía, la aristocracia en oligarquía y la democracia en violencia y anarquía".
"La mejor forma de gobernar", decía, "es la que combina la monarquía, la aristocracia y la democracia".
A Polibio le tocó vivir una de las épocas más importantes de la historia antigua de Grecia, ya que encaró en parte la responsabilidad de organizar las nuevas formas de gobierno en las ciudades griegas, en medio de guerras casi semanales.
Pero él reconocía que una democracia perfecta era imposible de alcanzar, que tenía que existir un modelo políticamente flexible.
Siglos más tarde, el escritor Mario Vargas Llosa retomó el tema y señaló que la "democracia imperfecta" era el sistema de gobierno y convivencia social más común en nuestros países de América Latina.
"A México le falta lo que a la inmensa mayoría de los países latinoamericanos no tienen: instituciones civiles sólidas, independientes", dijo en una ocasión el escritor peruano.
Según el autor, una institución fundamental para que una democracia funcione es la justicia, amparada por tribunales independientes de los
poderes, con jueces capaces e íntegros.
"Y ésos no existen en México ni en Perú o en Argentina. La justicia en América Latina es muy ineficiente y en muchos casos muy sensible a la
corrupción", dijo Vargas Llosa.
Nuestro país, sin duda, se encuentra en estos momentos experimentando una dura prueba no sólo en este terreno jurídico, sino también en sus
sistemas político y social.
Pareciera como si de repente viviéramos una especie de ingobernabilidad permanente, con vándalos urbanos cobijados en la democracia y con congresistas que se sienten inmolados y con derechos de pisotear a los otros dos poderes institucionales, el Ejecutivo y el Judicial.
¿Cómo rescatar a nuestro México de los mercenarios que le están haciendo tanto daño al país?
Urge, en primer lugar, renovar la figura presidencial y su imagen institucional.
Es tiempo de retomar el valor de liderazgo del Poder Ejecutivo, pero no con simples comerciales en televisión sino con acciones y estrategias respaldadas por una mejor operación política.
En segundo término, el Gobierno tiene que empezar a contener el crecimiento e influencia de la élite económica y política que ha manejado el poder de manera paralela a la oficial, sobre todo en los últimos tres sexenios.
Quizá esta élite no podrá ser sacada del escenario tan fácilmente, pero no debemos esperar a que termine en una "super-oligarquía", diría
Polibio.
Y en tercer plano, será necesario construir más espacios para promover una mayor participación e influencia ciudadana que sirvan de contrapeso adicional frente a los excesos de los tres poderes cegados por las ambiciones personales y de grupo.
Quizá seguiremos viviendo con una poca dosis de demagogia, corrupción y anarquía, pero lo importante es que en el fondo permanezcan
instituciones sólidas que velen por la justicia, hagan más fácil la vida a los ciudadanos y promuevan sus derechos en lugar de pisotearlos.
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