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Escuchamos con mayor frecuencia acerca de modelos sociales que hablan de una mayor conexión entre los seres humanos y la naturaleza misma.
Algunos dicen que todos formamos parte de una "conciencia colectiva". Otros modelos nos indican que todo está conectado, que el aleteo de una mariposa puede desencadenar una serie de eventos que puede terminar en una tormenta.
Lo cierto es que aún quedan muchos descubrimientos por hacer, sobre todo en temas relacionados con la cuántica y el terreno de lo "nano" o subatómico en donde quizá nuestros hijos descubrirán fenómenos y relaciones de energía todavía no comprobables por la presente ciencia.
Por lo pronto, nadie puede negar que los seres humanos estamos construyendo una especie de "conciencia colectiva virtual", a través de la cual incrementamos nuestra sensibilidad ante nuestro entorno y se despiertan en nosotros reacciones de compasión, solidaridad y generosidad, entre otros atributos.
Esta conexión social y emocional se agudiza cuando experimentamos situaciones adversas, como lo vivimos en el terremoto de 1985 en la Ciudad de México o, más recientemente, con los ataques de Nueva York del 9/11 o el terremoto y los tsunamis en el sur de Asia en diciembre del año pasado.
No cabe duda que la disponibilidad de la tecnología y de nuevos medios de comunicación han facilitado el desarrollo de esta "conciencia colectiva virtual".
Antes de la llegada del telégrafo y el teléfono tenían que pasar semanas y meses completos para que un sector del mundo "se sensibilizara" y se uniera (al menos solidariamente) con sus semejantes que en otro lado del planeta habían vivido una desgracia.
Hoy, los medios masivos y el internet han acelerado esta conexión sociológica virtual -y hasta cierto punto espiritual- y permitido ayudas y movilizaciones de recursos como nunca antes habíamos visto.
Desde los años sesenta, Marshall McLuhan, el gurú canadiense de la comunicación, hablaba ya del impacto de la tecnología en nuestro conocimiento como sociedad y en las relaciones entre nosotros.
McLuhan afirmaba que las innovaciones tecnológicas incrementarían los lazos de comunicación entre los seres humanos, lo que produciría a su vez un cambio en nuestros pensamientos colectivos y en nuestras estructuras sociales.
"Rápidamente nos estamos acercando a la fase final de las extensiones del hombre, la simulación tecnológica de la conciencia, en donde el proceso creativo de conocer será extendido colectivamente a toda la sociedad", escribió en su libro "Understanding Media".
Este visionario planteamiento se antoja hoy radical, revolucionario, porque aunque usted y yo no estemos precisamente conectados telepáticamente (por lo pronto) sí compartimos un plano de pensamiento colectivo similar.
El bombardeo de imágenes y mensajes que recibimos "nos fabrica" un entorno común de sensibilidades y un potencial de reacciones que pueden ser positivas o negativas.
A nivel generacional se han manifestado interesantes experiencias de "conciencia colectiva virtual" generados por las nuevas tecnologías.
En Japón, por ejemplo, el auge de los sistemas de mensajería de texto vía celulares es muy común entre los quinceañeros y veinteañeros. Estos jóvenes han creado comunidades culturales en donde las emociones juegan un papel muy determinante.
La "conexión virtual celular" reafirma en ellos no sólo sentimientos de pertenencia a un grupo o identificación generacional (liberación del yugo de sus padres), sino también lazos de afecto extremos que llegan a influir en su estado emocional del día.
El antropólogo Misuko Ito lo describe de la siguiente manera: "Tener un teléfono celular le otorga a los adolescente un grado importante de privacidad y un derecho de convocatoria antes imposible, lo cual utilizan para construir un espacio alternativo de cadena o comunidad".
En Filipinas se atribuye también a la telefonía celular haber sido el catalizador emocional y social de las movilizaciones que obligaron la renuncia del presidente José Estrada en el 2001.
Otros antropólogos y sociólogos anticipan que estas "cadenas" culturales que se están construyendo alrededor de la tecnología se incrementarán con el desarrollo de programas de computación (software) que facilitarán la comunicación uno-a-uno (peer-to-peer) de manera más instantánea y veloz.
Obviamente los fantasmas del fanatismo y el radicalismo también seguirán rondando. El desarrollo de estas innovaciones podría despertar o incrementar la cultura del odio, del terrorismo y la destrucción en ciertos grupos, por lo que éste será uno de los retos más importantes a enfrentar por los sistemas de criminología en el futuro.
Sin embargo, la mayoría apuesta a que la creciente "conciencia colectiva virtual" que se está generando irá construyendo en el futuro una importante cadena de valor comunitaria universal, en donde cada uno de nosotros será un eslabón clave y multiplicador de acciones.
Esto permitirá a los seres humanos involucrarse en una conversación física y virtual permanente que nos cambiará radicalmente la forma de pensar sobre los demás y nos dará un poder fundamental en la política y la economía de nuestros países.
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