Las remesas del hambre

Hace unos días, como es del dominio público, el presidente Andrés Manuel López Obrador, durante su informe a la Nación, en el aspecto económico puso entre los logros en esa materia el incremento de las remesas que el país está recibiendo de quienes, viviendo en el extranjero, envían a sus familias regularmente  cantidades de dinero para resolver problemas de subsistencia.

Así, teniendo como destinatarios directos o indirectos cónyuges, hijos, padres o hermanos, quienes alguna vez optaron por salir de su país de origen, mandan ese dinero que por tener un receptor que se encuentra en un distinto país al de la persona que hace la emisión económica es considerado como remesas internacionales.

Son esas mismas remesas las que absurdamente los gobiernos receptores, entre ellos el de México,  presentan como un logro de una atinada política económica, cuando en realidad son un recurso que se envía al país por aquellos, la gran mayoría, que un día decidieron abandonarlo ante la falta de oportunidades para cubrir las necesidades básicas.

Sería injusto decir que todos los que han llegado a un país en busca de oportunidades, el más conocido para nosotros, Estados Unidos, lo hicieron en forma indocumentada o porque ya no tuvieron otra opción en su país de origen.

Muchos de esos migrantes no lo han hecho en forma indocumentada. Se han acogido a distintas opciones que las leyes del país brindan, ya sea por parentesco directo con alguien que es ciudadano estadounidense; por contraer matrimonio con una persona de la nacionalidad antes mencionada o porque están calificados para desempeñar un trabajo que se requiere en los Estados Unidos acogiéndose a algunas de las visas que dan esa oportunidad, aunque, hay que decirlo, representan probablemente una mínima parte de todo el flujo inmigratorio que se da en la Unión Americana.

Sin embargo, tratar de describir la migración, principalmente hacia Estados Unidos, que no difiere mucho en las causas de la que se efectúa hacia Europa, sin tomar en consideración las motivaciones y el aspecto humano de quienes han tomado la decisión de  abandonar su país de origen en busca de un mejor futuro, sería injusto y reflejaría una falta de sensibilidad, como algunos de los gobernantes de los países que ahora y antes han elogiado el incremento en las remesas, las que sus connacionales en el extranjero envían.

Son esas mismas remesas las que, llegando directamente a las familias, salvo demostración en contrario, resuelven los enormes problemas sociales y económicos de quienes se quedan en el país, produciendo una derrama económica y contribuyendo al desarrollo y la producción de cada una de las naciones receptoras.

No entraremos en detalles en estas líneas, por ahora, de los montos que se reciben en algunos de los países con el comparativo correspondiente, pero citaremos el caso de México, que en el 2020 recibió 43 mil millones de dólares y esa cantidad será muy superior en el presente año.

Durante los últimos meses, aunque las escenas no son nuevas, los medios informativos han reportado las innumerables caravanas que cruzan México, integradas por personas originarias de muchos países, algunos de ellos distantes como Rumanía, China, Venezuela, Ecuador, Haiti, y otros no tan distantes como Guatemala, Honduras y El Salvador que, enfrentándose cada vez a mayor resistencia de corporaciones militares o policiacas, se lanzan o relanzan en pos del llamado “sueño americano”.

Uno de los enormes testimonios que hay actualmente del drama de la migración indocumentada hacia los Estados Unidos es la plaza de la República de Reynosa, que alberga a cientos de migrantes, no de nacionalidad mexicana, sino centroamericanos, que poco a poco van logrando cruzar en grupos cada vez mayores hacia los Estados Unidos, ingresando precisamente por el Valle de Texas.

Cuando los medios entrevistan a esos migrantes, tanto en tránsito hacia la frontera méxico-estadounidense, como a los que están por cruzar o ya lograron hacerlo, unos dicen que vienen en busca de asilo huyendo de la violencia e inseguridad, pero todos ellos hablan de la falta de oportunidades para trabajar que les permita satisfacer sus necesidades básicas, entre ellas la alimentación. Todos encuentran a lo largo de su calvario personas interesadas o caritativas que generosamente les proporcionan un poco de comida para calmar la necesidad más apremiante que los hizo salir de su país y en su trayecto a su anhelado destino, el hambre.

Sin duda la gran mayoría logra cruzar y muchos de ellos se desempeñan ya en su calidad de asilados, migrantes indocumentados o acogidos a alguna de las opciones que les permite una permanencia legal en territorio estadounidense, algún trabajo, generalmente uno en la más baja escala laboral o que otros no quieren desempeñar para poder ganar los dólares, pocos o muchos, que les permita enviar a sus seres queridos en sus respectivos países su contribución para que calmen sus más básicas necesidades, entre ellas precisamente su alimentación.

Esas contribuciones que al llegar a su país de destino se denominan remesas, que tienen origen en la decisión de emigrar y que ahora contribuyen a satisfacer el hambre. Las mismas remesas que algún gobernante presumirá como uno de los más altos logros de su gobierno. Las remesas que tienen su origen en un hambre insatisfecha y que disfrutan los que se quedan en el país, pero que viajan en el corazón y la voluntad de cada uno de los arriesgados migrantes.

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