Los pecados de Facebook y Twitter

Un documental de Netflix que culpa a Facebook, Twitter y otras redes sociales por nuestra creciente polarización política está atrayendo audiencias récord. Y aunque la película tiene varias deficiencias, probablemente ayude a presionar a estas empresas a ser más cuidadosas con sus contenidos.

La película, titulada “El dilema de las redes sociales” (The Social Dilemma), fue la película más popular de Netflix en septiembre, según la revista Forbes. Ya en 193 países y en 30 idiomas, me dijeron sus promotores.

El documental muestra a varios ex ejecutivos de Google, Facebook, Twitter y otras redes sociales que se han desilusionado con los productos que ellos mismos ayudaron a crear. En la película, denuncian a las grandes empresas tecnológicas por estar lucrando con la polarización política, la difusión de noticias falsas y la adicción tecnológica.

Días atrás entrevisté a Tristan Harris, un ex ejecutivo de Google y fundador del Centro Para la Tecnología Humana, quien es la estrella del documental. Él dice que la polarización política, las noticias falsas y la adicción a la tecnología no son subproductos involuntarios de las redes sociales, sino parte de sus modelos de negocio.

Según Harris, las redes sociales están diseñadas para atraer nuestra atención constantemente porque ganan dinero no por su cantidad de seguidores, sino por la cantidad de tiempo que pasamos dentro de sus plataformas.

Por lo tanto, las redes sociales tratan de mantenernos en sus plataformas con constantes “recomendaciones”, “notificaciones”, “alertas de mensajes”, y otros trucos diseñados para mantenernos constantemente en ellas, y para reafirmar y acentuar nuestras creencias políticas, afirma Harris.

Si uno sigue a un partidario de Trump, el programa de inteligencia artificial de Facebook le recomienda automáticamente que siga a otros seguidores de Trump. Y si alguien sigue a una persona que apoya al candidato opositor, Joe Biden, Facebook le recomendará otros que sigan a Biden, porque el algoritmo asume que uno pasará más tiempo en la pantalla siguiendo a personas que reafirman sus creencias, me dijo Harris.

“Eso nos hace tener una visión cada vez más estrecha de la realidad”, me dijo Harris. Añadió que las empresas de redes sociales se benefician de la difusión de noticias falsas, porque estas últimas son mucho más leídas que las verdaderas. Un estudio mostró que las noticias falsas se propagan seis veces más rápido que las verdaderas, me señaló.

“Estos niveles de desinformación son algo totalmente nuevo”, me dijo Harris. Cuando le hice notar que siempre ha habido noticias falsas, respondió que de la misma manera “siempre hemos tenido bombas, pero un cambio cuantitativo se convierte en un cambio cualitativo, porque una bomba nuclear es totalmente destructiva en un nivel muy diferente”.

Yo tengo algunas reservas sobre el documental. En primer lugar, no entrevistó a portavoces de las empresas de redes sociales para escuchar su lado de la historia. En segundo lugar, metió demasiados temas importantes en un documental de 90 minutos, lo que hizo que su mensaje termine siendo difuso.

En tercer lugar, la película no reconoce plenamente que Facebook y otras empresas de redes sociales han comenzado a tomar medidas para abordar los problemas por los que se las culpa. Tanto Facebook como Twitter han comenzado a prohibir o etiquetar noticias falsas, incluyendo mensajes de Trump en que sugirió falsamente que el COVID-19 no es más letal que una gripe.

Pero, en general, creo que la película tendrá un efecto positivo, porque aumentará la presión pública para que las redes sociales hagan más para controlar su contenido.

Así como la opinión pública obligó a las compañías petroleras a tomar medidas para no contaminar los océanos, o forzó a los supermercados a no vendernos comida podrida, es bueno que haya más presión pública sobre las compañías de redes sociales.

Esa será la mejor forma de lograr que destinen más recursos para erradicar las noticias falsas, y para cambiar sus algoritmos diseñados para llevarnos a vivir cada uno en su burbuja informativa, en una sociedad cada vez más dividida.

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