La crisis del coronavirus requiere una respuesta global

Aunque la explosión de casos de coronavirus en Estados Unidos, España e Italia está acaparando los titulares en todo el mundo, lo cierto es que pronto enfrentaremos un problema aún mayor: una crisis mucho peor provocada por el COVID-19 en los países en desarrollo.

Tras hablar con casi una docena de expertos en varios países, estoy mucho más preocupado por el impacto a largo plazo de la pandemia en África, América Latina y el Caribe que por las más recientes estadísticas de la crisis del COVID-19 en Estados Unidos y Europa.

Pronto podremos ver una catástrofe mucho más severa en los países con más pobreza, donde miles de millones de personas viven en lugares abarrotados, y no tienen acceso a agua corriente, jabón, desinfectantes de manos, o la posibilidad de recibir paquetes de ayuda financiera como el de $2.3 billones que fue aprobado por el Congreso para los habitantes de Estados Unidos.

Casi 3,000 millones de personas, el 40 por ciento de la población mundial, «carecen de instalaciones básicas para lavarse las manos», según un estudio conjunto de la Organización Mundial de la Salud y la UNICEF. La gran mayoría de estas personas se encuentran en países emergentes, según el informe.

Asimismo, mientras que los hospitales de Estados Unidos tienen una gran necesidad de más respiradores para complementar los 172,000 que había al comenzar la crisis en el país, muchos hospitales en países pobres no tiene siquiera una de estas máquinas.

En Haití, según un tuit de mi colega del Miami Herald Jacqueline Charles, los funcionarios del gobierno estiman que sólo hay 100 respiradores en todo el país, y la cifra real sería de unos cincuenta. En Venezuela, muchos hospitales a veces carecen de agua y jabón.

Económicamente, una vez que termine la pandemia, es probable que Estados Unidos se recupere relativamente pronto, porque tiene la capacidad de imprimir dólares, la moneda más requerida del mundo, y porque muchos trabajadores estadounidenses estarán razonablemente bien capacitados para competir en la economía digital.

Los hábitos de trabajo y estudio de los estadounidenses probablemente cambiarán para siempre, ya que la cuarentena del COVID-19 acelerará las tendencias hacia el trabajo desde el hogar, el aprendizaje en línea y el comercio electrónico. Para decenas de millones de estadounidenses, el trabajo en línea se convertirá en la nueva normalidad.

Y eso puede ser algo bueno: significará que mucha gente ya no tendrá que perder varias horas diarias viajando a sus lugares de trabajo. El trabajo en casa dejará a las personas con más tiempo disponible para pasar con sus familias y ayudará a reducir el tráfico, el stress, y la contaminación en las grandes ciudades.

Pero en muchos países latinoamericanos, decenas de millones de personas que viven en la pobreza no tienen una computadora portátil, una buena conexión a Internet o una educación de calidad para insertarse en la economía global del Internet.

«En México, más de 4.5 millones de personas mayores de 15 años ni siquiera saben leer y escribir», me dijo José Narro, el ex presidente de la UNAM, la universidad más grande de México, y ex Secretario de Salud. «Para ellos, la brecha entre ricos y pobres se ampliará».

Ricardo Hausmann, un profesor de la Universidad que se especializa en temas de desarrollo económico global, me dijo que Estados Unidos y otros países ricos deberían ofrecer medidas de alivio financiero, quizás administrados por el Fondo Monetario Internacional, para ayudar a los países latinoamericanos a enfrentar esta crisis.

«Esta es la primera crisis en la que Estados Unidos no está tratando de coordinar con los demás países para tratar de dar una respuesta global al problema», me dijo Hausmann.

Tiene razón. El presidente populista-nacionalista Donald Trump, minimizó la crisis de COVID-19 durante dos meses antes de reconocer su gravedad, y luego la trató como un problema «de China» y «extranjero».

Es una estupidez absoluta, porque esta pandemia es un fenómeno global. No hay forma de que Estados Unidos pueda sellar sus fronteras permanentemente. Sin el liderazgo de Estados Unidos y una respuesta supranacional coordinada, el virus regresará a los países ricos si llega a infectar a los miles de millones que no tienen agua ni jabón para protegerse en los países más pobres.

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